22.7.05

Una primera página


Una primera página, directa, tal y como sale al escribir de un tirón. Sin correcciones, sin revisiones. El embrión de un cuento nuevo.

Encendió el cigarrillo, un galoisse, y le dio un par de caladas profundas. No conocía nada que le supiera mejor después de un buen polvo. Y éste había sido bueno.

Todavía le temblaban los muslos, el chico se había comportado como todo un hombretón. Tipos así le hacían replantearse la opinión generalizada que mantenía sobre el género masculino. Observó cómo dormía plácidamente, deteniéndose, no sin un suave sentimiento de lascivia, sobre sus hombros y su rostro aniñado. Volvió a darle una calada al cigarrillo antes de levantarse, procurando no hacer demasiado ruido, y caminar desnuda hasta la ventana, cubierta cuanto a penas por unas finas cortinas de gasa blanca que dejaban pasar a la brisa de madrugada.

París, suspiró, exhalando una buena cantidad de humo, quién le habría dicho que acabaría allí. Después de todo no era tan extraño, sobre todo tras la destrucción de Londres. Se resistía a abandonar Europa, estaba demasiado acostumbrada a cierta manera de ser, un ambiente que no había encontrado fuera del viejo continente.

Y París era, bueno, París. Vertiginoso, extraño y adorable París.

El traqueteo de un flamante Rolls rompió la tranquilidad de la noche, el automóvil traqueteaba con los viejos adoquines que empedraban todo el barrio. Un nuevo rico, pensó, jugueteando con el cigarrillo, que viene a visitar a una amiga. Esbozó media sonrisa y se deshizo del cigarrillo medio consumido que trazó una limpia caída hasta llegar a la calle.

Cuando volvió a mirar dentro de la habitación no se lo podía creer. El chico, ese chico que acababa de estar dentro de ella, dulce y estremecido, estaba arrodillado sobre la cama con las manos entrelazadas.

Rezando.

Trató de recordar su nombre. Françoise, Louise. Maldita sea. Le gritó que parara, que se detuviese. Pero el chico se agarró con fuerza a un pequeño rosario de cuentas negras mientras el sudor le hacía brillar como si estuviera cubierto de aceite.

—Eres una puta —masculló al terminar su oración, escupiendo las palabras una a una—. Y vas a morir aquí.

Ella le cruzó la cara de un fuerte puñetazo, lanzándolo fuera de la cama. El rosario cayó de sus manos al mismo tiempo que una patada bien dirigida le partía la nariz.

—Si alguien va a morir aquí —dijo ella, agarrándole del pelo hasta hacerle gritar de dolor—, es evidente que vas a ser tú.

Estrelló la cara del chico contra el suelo con todas sus fuerzas. Confió en que hubiera bastado para dejarlo inconsciente, si la oración había dado resultado no quería problemas adicionales.

La habitación volvía a estar en silencio, el olor a tabaco comenzó a disiparse, siendo reemplazado por un aroma suave a jazmín. La brisa hizo ondear las cortinas con fuerza.

Mierda, pensó, antes de que el fuego convirtiera el cuarto en un pequeño infierno.

3 comentarios:

Javier Esteban Gayo dijo...

¡Eso es un arranque, sí señor!

¿Y cuándo vamos a poder leer el resto? (odio los cliffhangers... ;p)

Alfredo Álamo dijo...

Ahora reharé la primera página, y el resto que llevo escrito, así que le calculo una semanita de trabajo. Luego falta ver donde lo puedo colocar... y cuando sale. Pero si tienes interés te mandaré una copia cuando lo termine ;)

Javier Esteban Gayo dijo...

pues no te diría que no, la verdad es que me gustan bastante tus cuentos