6.4.06

Homenaje legionario Richard Fleischer

El 25 de Marzo pasado nos dejó Richard Fleischer , director apreciado y querido, artesano de la pantalla y amante del género fantástico.
Así que ahí va nuestro homenaje desde La legión del espacio.

Chandramuki - NeoTorrente Vs. Marbella Bengalíes

Un amigo llegó a mi casa desde Sri Lanka con una película y yo tenía un barril de cerveza en la
nevera. A continuación, el resumen de los primeros diez minutos de Chandramuki (P.Vasu 2005)


La acción se abre con un grupo de especuladores inmobiliarios calentando a un grupo de honrados constructores. Hay bates de beisbol y alguna llamada telefónica. Apréciese que estamos en Marbella gracias a que todos llevan un bigote a lo Julián Muñoz.

¡¡Aquí sólo construímos adosados!!

Claro, ante tanta violencia, un grupo de mujeres huye mientras uno de los matones las persigue quien sabe con qué intenciones. Afortunadamente aparece nuestro héroe, siquiatra y hombre sabio, primo del honrado constructor.


Y de una patada manda al matón a tomar viento

A partir de este momento, la acción se vuelve matrixera. Nuestro héroe se enfrenta a un buen montón de sicarios despiadados. Atención a las imágenes, sin desperdicio.












Pero la cosa sigue y sigue. Atentos a las nuevas coreografías. Tigre y Dragón, muérete de envidia.










Pero mi plano favorito es el de la "llave de Aupa Patxi"



De la cual deducimos que los Tata de segunda mano deben ser realmente baratos en la India.

Pero en fín, ahí termina la pelea y nuestro héroe Neotorrente pega un saltito y...

¡Toc-Toc! Se sacude las zapatillas en un plis plas, que la sangre de sicario inmobiliario luego no hay quién la quite.

La película dura 140 minutos más, en una trepidante historia de matrimonios imposibles, posesiones demoníacas, alguna pelea más y, cómo no, siendo todo aderezado con unos siete interminables números musicales. A destacar "Kokku Para Para", imprescindible.

Hasta la póxima entrega de cine de barriollywood.

31.3.06

Bajo la ciudad, catacumbas; sobre la ciudad, laberintos.

Un relato corto, de regalo.



Marie sostuvo la tapa de alcantarilla, de las viejas, llena de óxido y con el dibujo
borrado, mientras Jean, con su traje de neopreno oculto bajo un mono vaquero,
comprobaba que la escalerilla de servicio estuviera en buenas condiciones. No era la
primera vez que alguno del grupo elegía esa entrada, pero en ese tipo de construcciones, con más de cien años de antigüedad, había que tomar el máximo de precauciones.
—Todo correcto —dijo Jean, tras hacer presión sobre las primeras barras
metálicas incrustadas en el cuello de la alcantarilla—, resistirán sin problemas.
Las luces doradas del alumbrado urbano apenas llegaban para distinguir nada en
la oscuridad. El barrio, si es que podía llamarse así, hacía tiempo que estaba olvidado de la mano de Dios. Edificios de corte chabolista habían sustituido a otros más antiguos utilizando parte de viejas fachadas en el proceso, fagocitándolas como una bacteria a otra. Marie encendió el foco de su casco, lo mismo que Jean, convirtiéndose, por un momento, en mineros preparados a la búsqueda de tesoros enterrados, ahuyentando, tras sus luces blancas, la desagradable realidad de la superficie.
Los primeros tramos de toda exploración resultaban monótonos y aburridos. Lo que atraía a Marie a la catafilía, a explorar los intestinos ocultos de las ciudades antiguas, era la sensación de compartir, por un momento, el secreto y el misterio, aquello por lo que, en otros tiempos, alguien había construido pasadizos y bóvedas, todas ellas ocultas y a la vez tan cercanas al resto de ciudadanos, ignorantes de aquello escondido bajo sus pies. Así que los tramos de alcantarillas, todos ellos perfectamente dispuestos en los planos municipales, construidos con una lógica burócrata y rectilínea, no hacían más que aumentar la ansiedad por llegar al verdadero recorrido, a la entrada secreta, al lugar donde los monstruos urbanos escondían sus leyendas


Bajo la ciudad, catacumbas; sobre la ciudad, laberintos (PDF)

27.3.06

El último viaje del piloto Pirx

Descanse en paz, maestro Lem.